Andrés López Echeverría: Mucho más allá de las fórmulas

Para escribir de Andrés hay que comenzar diciendo que su humanidad de más de un metro ochenta está tejida con profunda ternura. Su sonrisa, su bella sonrisa, es la impronta que una vez conoces, no olvidarás jamás.

Andrés tiene una memoria prodigiosa. En cambio yo solo retengo las sensaciones que quedan en el registro de mi alma. Si bien conservo imágenes de momentos estelares, cuando pienso en Andrés las más importantes tienen que ver con el núcleo firme e infinito del amor que sostiene a su familia. No puedo imaginar a Andrés sin pensar en la Sra. López, y en Marrí por supuesto, pero también en mi hermano Adolfo y en todas esas tardes de risas, de música, de franco cariño que nos unieron por siempre.

Estudió en el mejor liceo de Caracas, según dice la leyenda, el Liceo Gustavo Herrera. Con esa familia tan bella y la educación que recibió ¿cómo no ser extraordinario?. Andrés representa a esa generación de profesionales formados bajo el rigor científico de la Universidad Simón Bolívar (USB) que encontraron en la coral la estructura, la disciplina y lo sublime del arte musical como herramientas para la vida.

De la ingeniería de materiales a la docencia

Aunque su vocación inicial inclinaba sus gustos hacia la comunicación social, el destino lo llevó a las aulas de la «Universidad del Futuro». Tras un inicio incierto en Computación, Andrés se graduó como Ingeniero de Materiales, una carrera entonces joven en el país.

De su paso por la USB, los Estudios Generales marcaron su formación: “No era solo la ingeniería; vi literatura, política y música. Ese plus de humanismo me hizo sentir realizado”.

Hoy en día, su formación técnica la ejercita como docente en el Colegio María Auxiliadora de Altamira. Allí da clases de Química y Matemáticas, aplicando la practicidad de la ingeniería a la enseñanza escolar. “Mis alumnos notan que soy más práctico incluso en lo teórico. Es la herencia de la Simón Bolívar”.

La CUSIB y la huella de Alberto Grau

Su ingreso formal a la coral fue en 1978 durante el sabático del maestro Grau, bajo la dirección de Leonardo Panigada, y ocurrió de forma natural, siguiendo los pasos de Marrí —su hermana María Isabel López Echeverría—. La sensación de herencia y complicidad marcó nuestra visión del grupo: lo mismo me ocurrió con mi hermano Adolfo y por eso hemos tenido siempre -Andrés y servidora- esa sensación de que la CUSIB es nuestra familia extendida, donde el canto coral nos llevaba de la mano hacia un lugar seguro y placentero.

En la cuerda de los tenores, Andrés pudo descubrir que el coro era, en esencia, el mejor modelo de trabajo en equipo. La dirección de Alberto, le enseñó que la precisión técnica y la exigencia artística eran valores que podría llevar a cualquier ámbito profesional. 

Esa canción se parece a mí”, afirma, recordando la fascinación que sintió al escuchar por primera vez desde el público «The Windhover» basada en el poema de Gerard Manley Hopkins; antes de ser parte de la coral.

«The Windhover» versión coral  de Reginald Smith Brindle (1917–2003)

Igualmente, las giras internacionales, como las de Vaison y Roma, tuvieron mucho peso para su formación profesional. Andrés conserva no solo el recuerdo de los escenarios, sino el significado de representar a Venezuela fuera de sus fronteras: “Íbamos representando a un país, eso te enorgullece y te marca”.

Giras, anécdotas y el sentido de equipo: un vínculo que no se rompe

Para Andrés, el reencuentro actual de los coralistas a través de la plataforma CUSIB Global no es un retorno, porque el vínculo nunca se perdió. En la familia López Echeverrría, los nombres de quienes aún estamos y de los que han partido como Adolfo, Felo o Trina siguen estando presentes.

En el aeropuerto de Frankfurt, final de la gira de la Coral Universitaria 1980

“Cantar en un coro ha sido el mejor trabajo en equipo que he hecho”, afirma. “Nadie puede sobresalir solo, pero nadie puede dejar de hacer su parte”. Satisfecho con su tránsito de la ingeniería a la educación, Andrés López sigue aplicando esa máxima: la de ser una pieza fundamental en un engranaje mucho mayor que él mismo.

Para Andrés, las manos del maestro no solo marcaban el ritmo, sino una exigencia de vida. “Eran tan precisas y exigentes que hoy vivo esa precisión en mi vida profesional. Si a alguien le debo haber inculcado esos valores, es a Alberto”.

Andrés López Echeverría es hoy un hombre satisfecho, un ingeniero que construye conocimiento en el alma de sus jóvenes alumnos y un coralista que sigue escuchando las armonías de la vida. Como ya he dicho su gran humanidad está plena de afectos que el tiempo no ha hecho más que fortalecer. Al final, en sus propias palabras, se trata de ser pasajeros en la vida de los demás, pero dejando una huella tan profunda y afinada como un acorde final de Alberto Grau.

Escrito por Elssen Beatriz Lombó desde Madrid, España.

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